Esta entrada, escrita por Carlos Castaño, fue publicada originalmente en blog de la Sociedad Española de Fisioterapia y Dolor, el 18 de enero de 2018. La reproducimos aquí con permiso de los editores.

Creo recordar que mi primer contacto con la SEFID fue hace diez años, pero seguramente fuera un poco antes (desde luego, fue antes del congreso de Valencia de 2008, que recuerdo sentado una fila por detrás de mi admirado Arturo Goicoechea). Como la mayoría de nosotros, la primera toma de contacto con el enfoque biopsicosocial fue bastante traumática. Casi una década de desarrollo profesional basado única y exclusivamente en el aspecto biomédico, aderezado con las cuatro nociones de psicología que uno creía empezar a entender a base de tratar con personas todos los días, no te preparan para lo que se me venía encima.

Los primeros años fueron cuanto menos, confusos. Demasiada información, demasiado rápido, hizo que empezáramos a utilizar herramientas útiles en los pacientes equivocados, o protocolos poco realistas para ciertos ambientes (por aportar un dato biográfico, en aquella época yo trabajaba en una mutua laboral). Pasamos del “Explicar el dolor” para todos y una salud representacional que nadie entendía, a escuchar a ilustres compañeros perderse en comentarios como “esta gente no toca a los pacientes” (lo que no dejaba de ser curioso, habida cuenta de que nunca dejamos de hacerlo).

Pero aunque el punto de inflexión para mi fue el encontronazo con los aspectos psicológicos del dolor y la discapacidad, el auténtico punto de no retorno fue la vertiente social del problema.

Si atender a factores psicológicos podía mejorar mi manera de atender a los pacientes, entender lo que les ocurría y ayudarme a salvar ciertos problemas en la relación fisio-paciente, la vertiente social parecía provocar todo lo contrario.

Aspectos como el trabajo precario, el sistema médico-legal, los cambios en la participación social y las relaciones personales como consecuencia del dolor... De repente, era consciente de la gran cantidad de factores que iban a empeorar la recuperación de mis pacientes (o a aumentar la probabilidad de cronificación del problema), y estaba completamente desarmado para hacerles frente. En mi caso, el problema era aún más sangrante, ya que la entidad en la que trabajaba debía, en teoría, asegurar ciertas garantías de bienestar a sus usuarios, cuando en la práctica utilizaba sus recursos para todo lo contrario (pero esa es una historia para otro día).

En aquella época, 2007 y 2008, en España todavía estaba por venir el grueso de la crisis económica, que provocaría después la crisis de empleo que todavía hoy continúa (quizá hayan oído lo contrario en la televisión, pero los jóvenes de este país siguen teniendo una tasa de desempleo próxima al 40% según datos del pasado año).

En aquel tiempo, empezábamos a leer que trabajar a media jornada, tener poco control sobre el puesto de trabajo, la temporalidad, tener hijos a tu cargo, o un litigio con la mutua o el seguro, aumentaba la probabilidad de tener dolor crónico más que la diferencia entre tener una vértebra rota o dos. Y nos llevábamos las manos a la cabeza, pero empezábamos a anotarlo en las historias de los pacientes (banderas amarillas y todas las que vinieron después).

Pero hoy ha pasado una década y muchos de esos factores de riesgo psicosocial ahora son comunes a la inmensa mayoría de nuestros pacientes (porque nos hemos dado cuenta, y les prestamos atención, no porque antes no estuvieran ahí). La perspectiva puede variar si el lector (fisioterapeuta) tiene su consulta en un barrio acomodado de una gran ciudad, o atiende personas con seguros privados de salud, pero en general podemos estar de acuerdo en que lo que antes era una situación que se daba en algunos pacientes, ahora se ha convertido en nuestra baseline.

Y no estamos hablando del riesgo de ser despedido mientras dura una baja (aunque los tribunales europeos hayan establecido que estos despidos son discriminatorios y por tanto nulos). Hablamos de situaciones en las que el padecimiento, físico y mental de los pacientes establece las condiciones de tormenta perfecta para que un problema se agrave o se cronifique: Tiempos de reposo insuficiente, diagnósticos apresurados, decisiones facultativas acordes a criterios económicos y no clínicos, acusaciones de simulación, rechazo de la asistencia atribuyendo causas externas... La lista es larguísima y la consecuencia es siempre la misma: pacientes mal atendidos, que en la mayoría de los casos acaban desarrollando un problema crónico.

Ha sido un lema de la SEFID desde sus inicios, que la mejor manera de tratar el dolor crónico es evitar que el dolor agudo se cronifique. Y esa afirmación del profesor Torres adquiere un tono profético vista en perspectiva.  Mientras la fisioterapia nacional ha ido creciendo a base de apoyar nuevas técnicas (con una aceptación bastante amplia, si atendemos al mercado), no ha sabido sacar la cabeza de su pequeño rincón y admitir que, para nuestra vergüenza, esto nos viene grande.

Y ahí es cuando cobra sentido que existan la SEFID y otras organizaciones. Los fisioterapeutas somos testigos de primera mano de los obstáculos de índole social que afectan a nuestros pacientes. Y como interlocutores de las administraciones públicas que somos (papel que teóricamente asumen nuestros colegios oficiales), deberíamos abanderar un cambio en el sistema que vaya mucho más allá de añadir fisioterapeutas al sistema (algo que por otro lado es tremendamente sencillo si se tiene la voluntad para ello).

Si queremos parar la epidemia de dolor crónico antes de que tenga la magnitud que tiene en algunos países anglosajones, sabemos que las soluciones deberán ser a muchos niveles, y no bastará con que los fisioterapeutas den lo mejor de sí mismos en los hospitales, en las clínicas o en los centros de salud.

De cualquier manera, vale la pena pararse a pensar antes de querer cambiarlo todo: Debemos ir más allá y entrar en la esfera política, allá donde se firman los presupuestos y se deciden las estrategias. No podemos hacer educación sanitaria como estrategia preventiva si tiene que salir de los bolsillos de los pacientes. No puede haber buena atención en la fase aguda con listas de espera de un año. Nadie se “empodera” mientras el sistema impida a los pacientes participar de las decisiones que les afectan.

Repito, vale la pena pararse a pensar antes de querer cambiarlo todo, porque como dice esa cita apócrifa que lleva un par de años dando vueltas por la web: “Si es inaccesible para los pobres, no es ni radical ni revolucionario”.


Lecturas recomendadas:

  • Jull, G. (2017). Biopsychosocial model of disease: 40 years on. Which way is the pendulum swinging?.

  • Shakespeare, T., Watson, N., & Alghaib, O. A. (2017). Blaming the victim, all over again: Waddell and Aylward’s biopsychosocial (BPS) model of disability. Critical Social Policy, 37(1), 22-41.

  • Wade, D. T., & Halligan, P. W. (2017). The biopsychosocial model of illness: a model whose time has come.